Del caminante y sus aventuras

Publicado por Cecilia en

Comenzó a andar en una noche de invierno, el motivo no lo supo ni lo sabe, el destino tampoco.

Inició su travesía caminando hacia el norte, y halado por una determinación implacable aún continúa su viaje a través de una tierra de aves y mariposas.

En el camino conoce mucho, ve, ríe, y también llora mucho. A veces navega por cristalinos mares, escala inmensos volcanes o se baña en ríos subterráneos. Prueba cada día frutos exóticos, agrios y dulces, y aprende del amor y del odio, de la bajeza y de la virtud.

Pero en el trajín del camino, en el vértigo de la montaña rusa entiende, comprende, presiente, que su vida ya nunca será la misma, que su viaje es uno sin retorno.

Los límites de su pequeña y cuadrada baldosa, aquella en la que alguna vez vivió, ahora parecen difusos. Esos límites ya no se distinguen claramente y que extraño, el cuadrado baldosa ya es un rombo mariposa, y después un triángulo rectángulo con olor a gaviota y de repente una esfera.

Esa misma baldosa que alguna vez fue tan cuadrada, tan cómoda y perfecta con sus lustrosos cuatro ángulos rectos y su acabado de  mármol, es ahora un polígono indefinido a merced de caprichosa geometría.

Entonces aparece el temor acompañado de la duda y la incertidumbre. El caminante teme, porque cuando la baldosa era baldosa sus rincones eran familiares, sus vértices confortablemente predecibles. Ahora sabe que no hay vuelta atrás, así como el de todo caminante, su destino ha quedado sellado al dar el primer paso, destino nómade de incansable andar.

¡Pero qué momentos tan felices! ¡Qué  tiempos y contratiempos, qué sorpresas y contrasorpresas aparecen en cada recoveco del camino! La adrenalina del andar junto con algunos atisbos de algo grande, alguna revelación esperando, palpitando en algún lugar, bajo alguna piedra o detrás de una palabra, o quizás en el espejo profundo de unos ojos verdes.

Aunque quizás no, quizás no haya revelación, quizás no haya sentido en este mundo de animalitos que se creen tan omnipotentes, tan amos y tan señores en sus pequeñas baldosas. Quizás no haya misterio, quizás solo exista el caos disfrazado de orden, pero tan organizado y limpio, tan falsamente seguro, tan de meticulosas líneas rectas en pulcra sobriedad.

Quizás nuestro inocente caminante sólo juega al gato y al ratón, persiguiéndose la cola, rebotando de nube en nube, incansablemente buscando un sentido en medio del delirio disfrazado de cordura.

Pero él tiene esperanza, él sabe que algo grande espera por él al final del camino, si es que dicho final llegara a existir, sabe que el único camino es el andar, el constante movimiento.

Y en las noches melancólicas, cuando algo aprieta el corazón, cuando la baldosa cuadrada aparece gigante, repentinamente amenazadora y dispuesta a engullirlo, en ese preciso momento aparece el consuelo. El consuelo en forma de una pluma y un papel, de una sonrisa amiga.

Entonces ya no hay duda, la dirección es nuevamente la indicada, incuestionable derrotero hacia los confines de la existencia, es certeza que anida en el corazón, en la cara, en las manos. El caminante sabe lo que tiene que hacer.

Entonces se levanta, se lava la cara y se viste con sonrisa de elefante, se despeina el cabello para un lado y para el otro, y así continúa su andar.

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